SOCIEDAD
31/10/2024
Los crímenes del Petiso Orejudo, el primer asesino en serie de Argentina: víctimas que apenas caminaban y métodos escabrosos
Fuente: telam
Nacido el 31 de octubre de 1896, Cayetano Santos Godino comenzó a matar cuando aún no había cumplido 10 años y siguió haciéndolo hasta que lo descubrieron, a los 16. Los elegidos siempre fueron niños menores que él, en la calle y los llevaba con engaños a lugares aislados
Los diarios y revistas de la época en que cometió esos crímenes – las dos primeras décadas del Siglo XX – no escatimaban adjetivos para calificarlo: bestia, hiena, monstruo, idiota, imbécil, inhumano, degenerado, repugnante, fiera, abominable. Nunca hasta entonces jueces, policías, criminólogos y psiquiatras se habían topado con un caso como el del Petiso Orejudo.
Era lo único que quedaba de Cayetano Santos Godino, el primer asesino en serie registrado en la historia criminal de la Argentina, que además era un niño asesino en serie de niños.
A Cayetano le faltaba un mes para cumplir los 8 años cuando cometió su primer crimen, una agresión que no terminó en asesinato por casualidad. El 28 de septiembre de 1904 encontró en la calle a Miguel Depaola, un nene de dos años, y lo llevó engañado hasta un baldío cercano, donde lo golpeó y lo arrojó sobre un montón de espinas. Lo estaba golpeado nuevamente cuando los gritos de la pequeña víctima alertaron a un policía que pasaba por ahí y los llevó a los dos a la comisaría. Como se trataba de dos niños, la policía buscó a sus madres y se los entregó sin averiguar qué había pasado.
Para entonces, Fiore Godino no sabía cómo sacarse de encima a su hijo problemático, de cuyo comportamiento en la calle se quejaban todos los vecinos. Menos de una semana después de que Cayetano matara a María Rosa sin ser descubierto, el hombre lo encontró acogotando a sus gallinas. Lo molió a golpes y lo llevó a la rastra hasta la comisaría del barrio. El texto de la denuncia del padre contra su hijo todavía se conserva: “En la Ciudad de Buenos Aires, a los 5 días del mes de abril del año 1906, compareció una persona ante el infrascripto Comisario de Investigaciones, el que previo juramento que en legal forma prestó, al solo efecto de justificar su identidad personal, dijo llamarse Fiore Godino, ser italiano, de 42 años de edad, con 18 de residencia en el país, casado, farolero y domiciliado en la calle 24 de Noviembre 623. Enseguida expresó: que tenía un hijo llamado Cayetano, argentino, de 9 años y 5 meses, el cual es absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos; que deseando corregirlo en alguna forma, recurre a esta Policía para que lo recluya donde crea oportuno y para el tiempo que quiera. Con lo que terminó el acto y previa íntegra lectura, se ratificó y firmó. Firmado: Francisco Laguarda, comisario. Fiore Godino. Se resolvió detener al menor Cayetano Godino y se remitió comunicado a la Alcaidía Segunda División, a disposición del señor jefe de policía”, anotó el sumariante policial.
Tenía 11 años cuando empezó a tomar cuanto alcohol quedaba al alcance de su mano, siguiendo los ejemplos de su padre y de su hermano Antonio. La ginebra empezó a potenciar aún más su comportamiento violento. Y también sus ganas de matar.
Caviglia llevó a los dos chicos a la comisaría, donde los dos años de Severino salvaron a Cayetano. El nene no pudo explicar lo que había pasado, y El Petiso Orejudo repitió su historia, agregándole detalles. Lo hicieron dormir en una celda, pero al día siguiente lo entregaron a sus padres.
Estuvo tres años fuera de circulación. En la colonia aprendió a leer y escribir – algo que nunca pudo hacer en su breve paso por la escuela - y también algún oficio. Pero el reformatorio no reforma a Cayetano, o lo reforma para peor. Endeble de físico, pasó todo ese tiempo soportando las agresiones de los otros internados.
El Petiso Orejudo – como lo llamaban en el barrio – había cumplido 15 años hacía menos de dos meses cuando volvió a la calle. Su padre le consiguió trabajo en una fábrica, pero duró menos de un mes en el empleo. Faltaba seguido, llegaba borracho, trabajaba mal y provocaba a los otros obreros.
Cometió su primer asesinato del año el 26 de enero, cuando llevó a Arturo Laurora, de 13 años, a una casa vacía de la calle Pavón y lo estranguló con una soga. El cadáver, semidesnudo, fue encontrado por el dueño de la casa cuando llegó para mostrarla a un potencial inquilino. La policía no encontró pistas sobre la identidad del autor del crimen. Si se la conoce es porque El Petiso Orejudo lo confesó después.
Una semana más tarde, el 16 de noviembre, llevó a Carmen Ghittone, de tres años, a un baldío y le golpeó la cabeza con una piedra. Los descubrió un policía cuando estaba estrangulándola y lo obligó a escapar. No lo atraparon.
Las autoridades ya buscaban al Petiso Orejudo cuando éste cometió su último crimen, el que lo haría caer. Fue el 3 de diciembre de 1912. La mañana de ese día, utilizando su clásico modus operandi de engaños, se llevó a Jesualdo Giordano, un nene de 3 años, de la puerta de su casa en la calle Progreso 2185. Le prometió comprarle caramelos en un kiosco cercano, le dio uno y le dijo que le daría más si iba con él. Así consiguió llevarlo al lugar que se conocía como la Quinta Moreno, donde hoy se levanta el Instituto Bernasconi.
Lo perdió – como a muchos delincuentes – la necesidad de comprobar las consecuencias de su crimen. Esa misma noche, El Petiso Orejudo fue el velatorio del niño. Quería ver si todavía tenía el clavo en la cabeza, le confesó después a la policía. Cayetano estuvo un rato parado a lado del cajón y de pronto estalló en llanto y huyó corriendo. El padre del niño reconoció al pibe que había visto en la Quinta Moreno y sospechó.
“¿Siente usted remordimientos por lo que ha hecho?”, le preguntó a Cayetano Santos Godino uno de los psiquiatras forenses que lo entrevistaron durante el proceso penal.
Los forenses y los criminólogos se peleaban por hablar con él: se trataba de un caso siniestro y fascinante que parecía salido del manual de Césare Lombroso. Ninguno dejaba de tomar nota sobre la forma de sus orejas. “Priman en él los instintos primarios de la vida animal con una actividad poco común, mientras que los sociales están poco menos que atrofiados. Es un tipo agresivo, sin sentimientos e inhibición, lo que explica su inadaptabilidad a la disciplina didáctica. Ofrece del punto de vista físico, diversos estigmas degenerativos, los más característicos del tipo criminal”, anotó uno de los expertos, Víctor Mercante, luego de entrevistarlo en noviembre de 1913.
Mientras tanto, la Fiscalía había apelado la sentencia y la Cámara de Apelaciones en lo Criminal resolvió Santos Godino fuera confinado (mientras no hubiera asilos adecuados) en una cárcel, por lo que lo trasladaron a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.
Hoy, en las viejas instalaciones de la vieja “cárcel del fin del mundo” funciona un museo penitenciario donde se reproducen las condiciones en que vivían los presos, tanto los políticos como los comunes. Entre sus atracciones hay una celda que aloja a un muñeco de cera de tamaño natural que representa a Cayetano Santos Godino. Dicen que es la misma donde encontraron al Petiso Orejudo sangrando y en agonía el día de su muerte.
Fuente: telam